
De Villa El Rosario, en Cúcuta, a San Antonio del Táchira ( Venezuela), solo eran 5 minutos, los que hicimos una tarde cualquiera. El bus que debería traernos de vuelta a Chile, lo haría al día siguiente a las 5 de la mañana, una travesía muy larga de 7 días.
El bus, muy puntual, ya estaba en su playa de estacionamiento, dispuesto a partir rumbo a Chile.
Conversamos con los choferes sobre lo que habíamos escuchado de la guerra entre Perú y Ecuador, les manifestamos nuestros temores ya que viajábamos con los niños y quienes podrían sufrir las consecuencias. Nos manifestaron que tenían órdenes de llevarnos solo hasta Ecuador donde con seguridad la gerencia nos devolvería la diferencia del pasaje y solucionarían de una u otra forma el ingreso al Perú. Quedamos un poco mas tranquilo, pero la incertidumbre nos consumía.
Curiosamente el bus salía de Venezuela y retornaba a Colombia, luego pasaría por ciudades y pueblos hasta llegar a Pasto donde cruzaríamos a Ecuador por el paso de Ipiales.
En los cerros de Bucaramanga, una ciudad muy hermosa, unos señores vestidos con ropa de camuflaje, no sabíamos si eran guerrilleros o agentes del gobierno, detuvieron el bus y pidieron información sobre todos los pasajeros. Grande fue nuestra sorpresa cuando fuimos "invitados" a bajarnos. Extrañados hicimos caso, mientras el bus esperaba pacientemente. Preguntaron por las visas que estaban a punto de vencer a lo que manifesté que el DAS ( Departamento Administrativo de Seguridad ) estaba ya en antecedente de nuestro viaje.
- Pertenecemos al DAS, me dijo tomando el teléfono, preguntaré.
Como ya estábamos autorizados por la jefatura, nuestra tranquilidad era absoluta.
Una vez finalizada la llamada telefónica, se dirigió a nosotros y nos dijo.
-Está bien, pueden proseguir vuestro viaje, no hay nada pendiente.
-Gracias señor, le dije.
Retornamos al bus y proseguimos nuestro viaje.
Pasamos innumerables ciudades, difíciles de recordar, hasta que llegamos a Pasto, muy cercana a la frontera con Ecuador. Teníamos que cruzar Ipiales y ya estaríamos en Ecuador.
Nunca, pero jamás, habíamos sentido semejante frío, algo realmente espantoso. Tomamos un café hirviendo, nos quemaba los labios y la garganta, pero, ahí seguía el frío.
Fue en ese momento que me percaté de una pareja de gringos Suecos que no entendían nada de español y que soportaban en short y camisetas livianas, temperaturas sobre 20 grados bajo cero.
Me acerqué a ellos y les pregunté en un precario, pero entendible inglés, si hablaban algo de español. Me respondieron que nada. Les ofrecí que lo que necesitasen me avisaran.
¡¡¡ LOS POBRES GRINGOS NO CACHABAN NI UNA!!!
CONTINUA....
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