

Nos trasladábamos viajando día y noche, y la incertidumbre nos consumía. ¡ Qué pasaría con nuestra llegada ! ¿ Lograríamos cruzar la frontera sanos y salvo?
Ya habíamos llegado al Ecuador, un hermoso país, y nuestro destino era Guayaquil, lugar donde terminaba nuestra eventual travesía.
La adrenalina se me subió al máximo, al extremo que lo único que deseaba, era terminar luego con la angustia que corroía mi cuerpo. Me sentía responsable de las situaciones que podrían ocurrir al tratar de llegar al Perú.
Tomamos un microbús para dirigirnos al lugar limítrofe y parte considerada como sumamente peligrosa.
El microbús estaba bastante deteriorado y por un momento pensé que no llegaríamos a destino.
El chofer muy amable me ofreció una butaca a su lado y el resto de mi familia se "atrincheró" en la parte trasera. La carretera estaba llena de hoyos (eventos ahora en Chile, o también cráteres). El señor corría a mas de 100 Km. y la micro casi se desarmaba. Al primer hoyo, paré las patas, perdonando la expresión,...¡quedé patas al cogote! Miré hacia atrás viendo como mi familia se reía.
Avanzábamos a gran velocidad y el chofer al parecer no quería perderse ni un hoyo, pasamos por unas plataneras impresionantes, kilómetros y kilómetros de bananeras, hasta que llegamos a la frontera con el Perú.
CONTINUA.........
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