
El calabozo de interrogación de los prisioneros políticos estaba colindante y pegado al nuestro.
Los gritos, los llantos,los culatazos y el golpe de las correas al golpear el fusil se hacían sentir cada vez que sacaban del nuestro a algún detenido. Todos, sin excepción, recibimos el castigo injusto que satisfacían los instintos crueles y sanguinarios plenos de sadismo indiscriminado.
Recuerdo con mucho dolor y antes de ser interrogado, la llegada de un joven de 18 a 20 años, recién sacado de nuestro calabozo, no mas de 10 minutos. Abrieron la puerta metálica y lo arrojaron como un perro donde nos encontrábamos, creímos que estaba muerto pero afortunadamente vivía. Tenía un testículo del tamaño de un pomelo, algo impresionante. Era muy difícil movernos para hacer un lugar donde ubicarlo, pero al fin lo logramos. Lo pusimos al lado del "hoyo", uno metía la cabeza para recoger agua una vez apretado el botón que la hacía caer y con lo poco que sacaba le frotaba el testículo comprometido. Pobre muchacho, pensaba,
qué pasaría si a los hijos de los torturadores les hiciéramos lo mismo? ¿cual sería la reacción de ellos?
Perdí la noción del tiempo, no sabía la hora, el día ni la fecha que me encontraba.
En horas de la noche nos sacaban en un bus de la institución. El chofer, un carabinero adelante y otro atrás, con sus respectivas metralletas, siempre hacían comentarios similares:
-Cabo Gómez tengo órdenes de llevar a estos huevones al puente el Ala para liquidarlos.
-A la orden.
Partíamos camino a Huape, todos nosotros actuábamos como" zombie´s", ya no esperábamos vivir mas. Creíamos que nuestra etapa en esta vida estaba llegando a su fin. Luego, la esperanza al cambiar de opinión y decir; mejor volvamos y llevémoslos al campamento (Quilmo), lo que hagamos allá jamás se sabrá.
Al poco rato volvían a cambiar de opinión y nos devolvían a la Comisaría, al mismo lugar, al mismo calabozo.
Fué uno de esos días que abrieron rápidamente la puerta de fierro y gritaron mi nombre. Me asusté, pensé que de nuevo me golpearían, pero esta vez me subieron atrás de una camioneta amarilla, con esposas a la espalda y custodiado por un militar,partiendo raudamente en dirección al regimiento. Atrás de la camioneta, tirado y esposado como un perro, con un desconocido apuntándome con un fusil y una sonrisa irónica, haciendo las veces de fusilamiento. Pasaron frente a la Intendencia y Plaza de Armas, como haciendo alarde de un gran trofeo.
el que iba al lado del
Los gritos, los llantos,los culatazos y el golpe de las correas al golpear el fusil se hacían sentir cada vez que sacaban del nuestro a algún detenido. Todos, sin excepción, recibimos el castigo injusto que satisfacían los instintos crueles y sanguinarios plenos de sadismo indiscriminado.
Recuerdo con mucho dolor y antes de ser interrogado, la llegada de un joven de 18 a 20 años, recién sacado de nuestro calabozo, no mas de 10 minutos. Abrieron la puerta metálica y lo arrojaron como un perro donde nos encontrábamos, creímos que estaba muerto pero afortunadamente vivía. Tenía un testículo del tamaño de un pomelo, algo impresionante. Era muy difícil movernos para hacer un lugar donde ubicarlo, pero al fin lo logramos. Lo pusimos al lado del "hoyo", uno metía la cabeza para recoger agua una vez apretado el botón que la hacía caer y con lo poco que sacaba le frotaba el testículo comprometido. Pobre muchacho, pensaba,
qué pasaría si a los hijos de los torturadores les hiciéramos lo mismo? ¿cual sería la reacción de ellos?
Perdí la noción del tiempo, no sabía la hora, el día ni la fecha que me encontraba.
En horas de la noche nos sacaban en un bus de la institución. El chofer, un carabinero adelante y otro atrás, con sus respectivas metralletas, siempre hacían comentarios similares:
-Cabo Gómez tengo órdenes de llevar a estos huevones al puente el Ala para liquidarlos.
-A la orden.
Partíamos camino a Huape, todos nosotros actuábamos como" zombie´s", ya no esperábamos vivir mas. Creíamos que nuestra etapa en esta vida estaba llegando a su fin. Luego, la esperanza al cambiar de opinión y decir; mejor volvamos y llevémoslos al campamento (Quilmo), lo que hagamos allá jamás se sabrá.
Al poco rato volvían a cambiar de opinión y nos devolvían a la Comisaría, al mismo lugar, al mismo calabozo.
Fué uno de esos días que abrieron rápidamente la puerta de fierro y gritaron mi nombre. Me asusté, pensé que de nuevo me golpearían, pero esta vez me subieron atrás de una camioneta amarilla, con esposas a la espalda y custodiado por un militar,partiendo raudamente en dirección al regimiento. Atrás de la camioneta, tirado y esposado como un perro, con un desconocido apuntándome con un fusil y una sonrisa irónica, haciendo las veces de fusilamiento. Pasaron frente a la Intendencia y Plaza de Armas, como haciendo alarde de un gran trofeo.
el que iba al lado del
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