En Marzo ya me disponía nuevamente al ingreso de un nuevo colegio. Me provoca-
ba mucha nostalgia y triteza la separación de mi grupo familiar ya que mi adora-
ción eran mis padres, pero mientras mas insistía en quedarme en mi terruño, pare
cía ser peor, ..........por ningún motivo siempre era la respuesta. Fue la última vez
en la que mi padre ya una vez intalado en el tren Expreso de la época estiró su ca-ra para despedirse, lo miré y le estiré la mano. Creo que en ese momento se dió cuenta de que su hijo estaba alcanzando la juventud. El dolor de la despedida creo
me afecto mas a mi.
Llegué a Santiago y el impacto fué brutal al ingresar al interior del colegio, era ver
daderamente una inmensa cárcel, rejas a la entrada, rejas en los pasillos, rejas en
las ventanas, rejas en los baños y rejas en las ventanas de las salas de clases que daban al patio. Me senté en el suelo, miré hacia arriba y lo único que divisé fue un
cuadrado de cielo azul. Mis pensamientos se atropellaban en mi mente, comencé
inmediatamente a planificar mi primera fuga, pero ......era imposible.
Terminaron las primeras horas de clases, los alumnos externos salieron en forma
ción tipo militar y los internos nos fuimos luego de un recreo a cenar para prepa-
rarnos a subir a los dormitorios.
Nuestro dormitorio estaba diseñado para para cobijar a 30 internos aproximados.
15 camas individuales al lado Sur y 15 al lado norte. A mi me tocó el lado Sur. Al
lado Oriente y al fin del pasillo, la " covacha " del inspector de pieza. Luego salien
do, se encontraban las duchas y baños, todo muy higiénico. Además de las infalta-
bles rejas.
Fue en ese entonces cuando conocí una gran persona, el inspector; un señor de la
zona de San Carlos que afortunadamente teníamos amigos en común puesto que
yo era Chillanejo. San Carlos está a solo 23 Km. de Chillán. Rápidamente entabla-
mos una sincera amistad.
viernes, 1 de mayo de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario